Hay ciudades que invitan al descubrimiento.

Hay ciudades con jardines, parques, rios que te acercan al movimiento, no solo externo, por dentro suceden cosas.

Hay ciudades cuya belleza, realza y cuida, sostiene y cautiva.

Nunca había experimentado la sensación de dejarme llevar por la danza silenciosa y cautiva en pleno corazón de la cuidad, en un parque y bajo el influjo de la luna.

Ayer, caminé guiada por mis pasos seguros, salvajes y tiernos en busca de silencio y aire fresco y limpio. Mientras lo hacía, había cierta inquietud en mi, la brisa y un frío relativo y entrañable, marcó el camino, me dejé llevar por el sonido de las hojas débiles del pronosticado otoño que sostenidas en sus ramas aún vestidas, tintineaban una melodia ancestral que hacía burbujear mi corazón, deseoso de palpitar en la danza de la noche.

Las luces de las farolas adornaban de un dorado pálido y brillante el manto desplegado de infinitos corzones vejetales que los árboles comenzaban a desprender. Mientras pisaba decidida esa mágica alfombra dorada, mis baldosas amarillas en mi propio pais de las maravillas, me condujeron a lo que sería el escenario de un nuevo encuentro, casi olvidado por el tiempo impermanente, por lo mundano de más de un año de atención y cuidados, de comodidades y compartires, que acabarían por mostrarme el amor en mil formas, la compasión y la ternura familiar en un formato inexperto pero de una dulzura y copasión sin límites.

Ahora, ese lugar se había convertido en el fruto de la unión de sangre, familiar , padre e hija en amor y compañía, a la que yo ya no pertenecía. Ese hogar ya no es el mío, pero otro hogar más grande y profundo, sin estanterías ni leones adornando la pared, se ha construido dentro de mi, ese templo, es aun más grande tras este hermoso año de entrega, sueños y juegos infantiles, noches de sofá y pizzas junto a la lluvia tras el ventanal.

Ahora, aquí junto a mi, vuelvo a llenar mis días recuperando lo que aparté por decisión y amor, por buena intención y profunda pasión.

Mientras desnudadba mis pies para sentir la fresca hierba, algo se abrió en mi interior, algo brotó de nuevo, algo se expandió y me habló.

Deje la chaqueta junto a un árbol y me deslicé por él con deliciosa y soberbia frescura, con la sensualidad de un libro recien escrito, con la corazonada de un nuevo encuentro conmigo misma, de un nuevo formato, de una nueva y espectante experiencia…

Caminé sobre la hierba, mis brazos se movían sin descanso y despacio, volaban, besaban, rugían, lloraban, temblaban y se volvían blandos y misteriosos. Mi cuerpo, ahora más delgado y flexible, calibraba cada movimiento, acompañaba las infinitas sensaciones y sin bacilar, hacían pequeños espasmos donde la tensión y la congoja descubrían la liberación.

El pecho se abrió y solto un esbozo de risa salvaje.

La mirada hacia el cielo y los pies enraizando un futuro abundante, exitoso, abierto y despierto. Singular y eterno. Nuevo y bondadoso.

Rozaba los árboles, los abrazaba y los acariciaba, el sexo compartido generó un Fa sostenido, un Re armonioso y un Sol realzado.

Descansé después , exhausta y aún descalza. Con los ojos cerrados, mire mi cielo interno y ya amanecía en mi interior.

Anoche, dormí dulcemente y dejé de preguntarme más por mi.

No bailé sola, ellos me acompañaron y me dieron justo lo necesario, siempre están ahí, deseosos de abrazos.

Gracias!!!

 

 

 

 

Artículos recomendados

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *